El portero salió a media alberca para recibir la bola. Íbamos empatados a 12 goles y quedaban 20 segundos. Le pasaron la bola y él, se hundió. El portero era un modelito estilo He-Man que se paseaba por las gradas cuando su equipo no jugaba. Se quitaba la camisa en medio de todos y se ponía a jugar con los pectorales, esos que lo hicieron hundirse. La bola quedó flotando frente a nuestro jugador. Tiro libre de defensas, desde media alberca. Gol. 13 a 12. Luego solo pasamos la bola de un extremo a otro, fin. Gritos. Alegría. Abrazos. Nos tiramos al agua. Luego saludamos a los otros. Buen partido.
—Partidazo —decía yo.
Fernando me dijo emocionado: —Me siento campeón.
—Eres un campeón, Fer —grité emocionado.
Necesitábamos una ceremonia de premiación. Alguien que nos colgara una medalla, aunque sea de chocolate. Alguien que nos dijera lo bien que lo habíamos hecho. Que pusieran a Queen, “We are the champions. We are the champions. No time for losers cause we are the champions of the world”.
La alberca de UConn es impresionante. Es grande, linda. Se lee UConn con letras rojas mientras se ve la silueta de un Husky Siberiano. Estaba eufórico, como el resto del equipo. Mujeres y hombres, categoría máster, que jugamos el torneo. Perdimos por un gol contra Yale. Ganamos por muchísimo a UConn B, y por mucho UConn A. Y ganamos en una impresionante toma y daca, por un gol a Wet Sox, de Boston. Necesitaba una medalla, un abrazo. Algo de feedback. Reconocimiento. Tanteé la posibilidad de cargar a Fernando y tirarlo de nuevo a la piscina. Idea que deseché al instante vistas mis fuerzas y el tamaño de Fer. Necesitábamos alguien que me dijera “Bravo”, y derramara una cerveza en la cabeza. Los calvinistas y cualquier jefe de oficina dirían que es tu trabajo, ¿por qué el reconocimiento?
Las actividades acuáticas de un club de natación que se precie de serio incluyen: natación, saltos, nado sincronizado y waterpolo. En el CAAAN, del IMSS, en la Ciudad de México, en la década de los noventa del siglo pasado, si no querías nadar, hay que estar un poco mal de la cabeza, como lo ha expresado en varias ocasiones el propio Michael Phelps. Mucho peor aún si querías tirarte desde la plataforma de 10 metros dando vueltas y de caer de cabeza. Podías elegir entonces, aguantar la respiración casi hasta desmayarte o jugar a la pelota en el agua. El waterpolo era solo para chicos, y el nado sincronizado para chicas.
En el club, había dos hermanos que eran populares: Ares y Hermes. No hablaba mucho ellos, pero eran muy populares, y guapos. Eran niños, tendrían 11 y 12 años, rubios, con rulos, delgados, fuertes, seguros de sí mismos, habladores, simpáticos… héroes griegos en aguas mexicas. Y hablaban con las niñas de nado sincronizado. Los de natación se enojaban. Yo, hasta hace nada, tenía una relación desigual con el waterpolo.
Mikel, un navarro que lleva años de juego, me dijo que fuera a la práctica.
—¿Dónde hay waterpolo en New Haven?
—En el Albert Magnus College. Es un equipo de másteres. Los viernes.
—No, no, no. No tengo condición ninguna. Hace años que no me meto a una alberca, y seguro me muero en el intento.
Recordé cuando entrenábamos los domingos, y el coach, para variar, nos sacaba unos minutos antes de la piscina olímpica, para dejarnos jugar waterpolo en la fosa. Éramos un chingo contra otro chingo. Una montonera que intentábamos pasar la pelota principalmente antes de que las chicas llegaran a defender, con sus increíbles unas larguísimas y las intenciones afiladas.
Mis amigos de natación siempre estaban enojados con los de waterpolo. Había mal rollo. Tanto que, si un nadador se pasaba al waterpolo, cavaba su tumba. V., un amigo de la natación era grandote, y nadaba muy bien. Lo ficharon para jugar de boya, y poco tiempo después acabo yendo a los Juegos Centroamericanos. Eso son palabras mayores, al menos para mí. Hay que valer para ser boya, te pegas con todo y con todos, y debes bajar rápido a defender. No solo es nadar, es recibir la bola con uno encima de ti, los otros corriendo a ayudarle y salir vencedor. A V. nunca le perdonaron la ofensa. Los de waterpolo recelaban, y los de natación lo saludaban con un ‘traidor’ entre sonrisa y no sonrisa.
Lo mismo me pasó con J., una chica de la natación: —Me paso al waterpolo. Están armando el primer equipo de chicas— me dijo. Era el año 2000. Siglo XXI y apenas se armaba el primer equipo femenil. Yo recelé. No fue hasta el Campeonato Mundial de Natación, en Barcelona 2013, donde Arancha, en el asiento de a lado, me dijo un poco babeando:
—Italia es un buen equipo de waterpolo.
Reconocimiento donde los haya. Italianos, Ares y Hermes, todos humanos descendientes de las figuras de mármol de los distintos museos que hay en el mundo.
España empezaba a sonarme en la cabeza, principalmente el equipo femenino, y después vendrían el equipazo que ganó el oro en Paris 2024. Solo sé reconocer la actual portero del equipo de USA: Ashleigh Johnson, una de las mejores del mundo, campeona olímpica (Rio 2016, Tokyo 2020). Una chica que es capaz de flotar por arriba de la cadera y aguantar ahí hasta que el tirador no pueda más. Y mientras recelaba de mí mismo y traicionaba la natación en línea, tardé un año de recordatorios de Mikel hasta que finalmente fui al entrenamiento. Tampoco ayudaba que fuera viernes a las 18:30. A esa hora solía estar en la terraza del P&M con una IPA en la mano.
Pasó lo que tenía que pasar; y después de varios viernes viendo el juego desde el fondo la alberca, comencé a tocar la bola. Era mortal, cansadísimo, y muy divertido. Y muy cansado.
Jugábamos mezclados, niños, jóvenes y másters, mujeres y hombres. En una de esas, muerto de tanto nadar y sin goles en mi cuenta, pedí estar en la portería. Un gol, dos, tres goles. Una niña de unos 13 años gritó furiosa al coach:
—A ese —dijo señalándome—, lo sacas ya.
¿A mí? ¿¡Pero qué…!? La miré con un odio mayúsculo. Yo que hacía todo lo posible por no morir, por no ir en contra del sentido de la jugada, por no verlo todo desde el fondo, que no me diera un calambre en el gemelo cuando me estiraba a intentar parar un tiro desde lejos y no encoger demasiado el cuello y esconder la cabeza para que no me matará ese tiro… ¿a mí, que hacía todo eso, me están echando?
—¡A mí nadie me saca! —grité—. Me salgo yo.
Y pedí el cambio.
Fui mejorando, básicamente a base de cabezonería. Los chicos de 13 años juegan bien, y los de 17 muy bien. Estar de boya es mortal, y tirar fuerte es… imposible. Me he especializado en tirar globitos. Lanzo Panenkas acuáticas que en mi caso me detienen casi siempre. Cuando la bola entra, grito a los cuatro vientos: “Toma”, como si fuera Zidane acuático. “Toma”. No puedo nadar tan rápido, solo hay padres en la grada, nadie a quien le pueda dedicar mis juegos de manos que he inventado para después de cada gol. Tampoco hay cámaras de televisión para gritarle a cámara. Lo mas cerca que tengo es Mikel, pero no nada a abrazarme y felicitarme.
Me vuelvo a casa contento. “Metí un gol, cabrones”, voy cantando hasta el bar, y me tomo una cerveza. Se lo cuento al que está a mi lado en la barra, pero no me entiende. Quiero decirle que me dé un abrazo y me felicite, soy el máster del universo, campeón.
—Metí un gol, cabrones— grito en español—. Invítame una cerveza. Abrázame, vamos abrázame.
Me siento campeón, diría Fer. Vuelvo a casa más cansado, borracho de felicidad. Toco el timbre en alguna casa de camino y les cuento lo que pasó. Me sonríen y me invitan a salir del jardín antes de ellos ir por la escopeta. Solo escucho algo de la Segunda Enmienda. Yo quiero más. «Pongan Eye of Tiger. Alguien deme un abrazo. Invíteme una cerveza. ¡Salgo barato, por dios!”.
Al viernes siguiente al torneo, la práctica se canceló. Era Viernes Santo. “La alberca no abre”, dijo el coach cuando varios le cuestionamos la falta de tacto. ¿No hay practica después de sentirnos campeones? Y acá estoy, dos días después, un lunes, contento de oír que los de Yale nos dan la revancha en unos días. “Yale has inviten us to scrimmage”, se lee en el WhatsApp del grupo de New Haven Hydras Master. Sonrío. Si lo buscas en el diccionario en español, scrimmage se lee refriega, escaramuza. Si ganamos, habremos ganado a todos, y ahí sí, habrá feedback positivo. “Toma, cabrones”, gritaré después del globito. Reconocimiento, por favor. Honor a quien honor merece. ~





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