Pudimos salir de Puerto Rico

I En Aguadilla fuimos a un faro que no pudimos ver porque estaba dentro de una base militar. “US NAVY”, rezaba el letrero que bloquea el paso. Ahí mismo hay un pequeño aeropuerto: —Has visto que esos no son aviones —¿Entonces? —Son drones. —Hay madre, si son del tamaño del una avioneta.  Son grises, grandes…


I

En Aguadilla fuimos a un faro que no pudimos ver porque estaba dentro de una base militar. “US NAVY”, rezaba el letrero que bloquea el paso. Ahí mismo hay un pequeño aeropuerto:

—Has visto que esos no son aviones

—¿Entonces?

—Son drones.

—Hay madre, si son del tamaño del una avioneta. 

Son grises, grandes y tienen forma de torpedo.

 

II

Una semana después Arancha se volvió a mí con gesto desencajado:

—Han cerrado el espacio aéreo de Puerto Rico. Igual no llegamos a New Haven —dijo.

—¿Y eso? —pregunté, aunque ya estaba alarmado.

No teníamos ni idea de que pasaba. Pero el sábado 3 de enero del 2026 amanecimos con un mensaje del aeropuerto de San Juan diciendo que suspendía todos los vuelos al resto del país (léase al continente), o de cualquier aerolínea estadounidense.

Rápido buscamos en internet: habían decidido bombardear Venezuela y sacar a Maduro y su esposa para ser juzgados en Nueva York.

—¿Y qué tiene que ver Puerto Rico? —preguntó Arancha.

—Bueno, es estado asociado —dije. 

De alguna forma, suenan tambores de guerra. Me sentí mal. He tenido esta misma y única sensación de guerra tres veces, con esta. La primera fue cuando se televisó por primera vez un bombardeo: la primera guerra de Irak. Luego, un 1o de enero de 1994, cuando los zapatistas se levantaron en armas en Chiapas. No sé expresarlo, pero fue el mismo sentimiento. Guerra real, probable, cercana. 

Decidimos ignorar la situación, literalmente, hacernos idiotas. “Mantengamos la calma. Veamos qué pasa, y en 24 horas vemos.” Las 24 horas del espacio aéreo suspendido en Puerto Rico se cumplían una hora después de que abrieran el check in de nuestro vuelo. Una low-cost que no iba a hacer nada por nosotros.

—¿Nos dejaran entrar al aeropuerto, no?

—La onda es salir —dije.

Me acordé de esa película en la que unos burócratas americanos deben escapar de Iran y deben hacerlo subiendo a un avión en un aeropuerto completamente custodiado (Argo, 2012). Mmm. La angustia fue real. Respiré. Ibamos de Ponce a El Yunque, y en Puerto Rico la vida seguía igual.

El tema de la guerra es real. Cuándo digo real, digo muy jodido. Me lo contó, L, que en una estancia en Medio Oriente, en un trabajo de embajada en tiempos difíciles había que llevar memos de un piso a otro con casco y chaleco antibalas. A veces, muchas, se oían disparos… 

Tengo marcada en la memoria esas imágenes de noche con láser verde apuntando a donde debían caer las bombas que se lanzaban en el cielo de Irak. Y tengo grabado en el corazón esa desazón de ver indigenas zapatistas levantarse en armas para protestar por la opresión, o en el mejor de los casos, el abandono. Tambores de guerra a finales del siglo XX y principios del XIX.

Llegamos a El Yunque. Y hablando con la guardabosques, comentó que Maduro estaba en Puerto Rico, por eso lo del cierre del espacio aéreo. 

—¿Qué? ¿Y cómo sabes eso?

—Se sabe.

Mirando el mapa vimos que Puerto Rico esta justo en medio de la trayectoria entre Venezuela y Miami, ciudad del exilio venezolano que celebraba como si fuera carnaval.

—¿Tienen armas? 

—No tienen nada. Piedras. Y petroleo —dije con una seguridad que me temblaban las piernas—. Pero si tuvieran cómo lanzar una piedra, es más fácil que llegue a San Juan que a Miami.

Miramos al cielo. No había piedras, bombas o aviones.

—Bueno, se puede escribir una crónica de esto.

—¡Claro! Me convertiré en corresponsal de guerra —dije fingiendo alegría.

Fantaseé un poco con eso. “¿Quién ha sido corresponsal de guerra que haya leído? Hemingway, claro. Estoy trabajando en llegar a su calidad literaria, pero desde ya puedo mirarlo a los ojos en temas de cervezas y cocteles”. Decidí que en la noche me podría pedo.

Caminamos por El Yunque. Hicimos una expedición nocturna. Vimos al coqui, rey del bosque lluvioso de Puerto Rico. Bajamos las pulsaciones y la presión arterial.

Salimos muy de noche del bosque. No había piedras, bombas o aviones. Maduro ya estaba en NY diciendo “Happy New Year”, pero la posibilidad de check in aún no existía. Llegamos a un cuarto sencillo en Fajardo. Vimos las noticias. No había piedras, bombas o aviones. 

A la mañana siguiente pudimos hacer el check in. Llegamos al aeropuerto a la media noche del domingo al lunes. Será un Red-eyes flight. Llegaremos a tiempo para entrar puntuales a la oficina. 

Subimos al avión a las 3:00 de la madrugada 5 de enero del 2026 sin tener que disfrazarnos. Sin gente con metralleta buscando extranjeros que quisieran escapar de la isla. No había piedras, bombas o aviones, pero había sonido de tambores de guerra.~


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