—De todos los hikings que hay en el Parque Nacional de los Volcanes —advertí a Arancha—, mañana vamos a hacer el que atraviesa el cráter.
—¿Es un cráter activo? —preguntó.
—Lo es. De hecho es bastante activo. Hay una cámara web que enseña la actividad —dije con orgullo de saber que lo que estaba proponiendo no tenía mucho sentido.
El parque incluye el Mauna Loa y el Kaliuea. El primero es el volcán activo más grande del mundo, se puede ir al cráter después de una caminata de 7 horas, más otras 7 de vuelta. El segundo, también súper activo, se supone que está a 5 minutos de donde dormimos, pero nada me cuadra, ¿dónde está el cono? No veo ni una colina siquiera.
Fuimos a ver las Steam Vents, que es donde se ve lava. Bajamos del coche al anochecer. Un anuncio decía: a 100 metros está la lava. Yo no entendí hasta llegar al límite. Estamos a la orilla de un enorme cráter de 6 kilómetros de circunferencia. No había cono, ya habíamos subido toda una meseta de 1200 metros y estamos ahí, viendo la lava a lo lejos iluminar el cielo oscuro. Era la caldera del Kilauea.
—Estás loco si crees que vamos a caminar por ahí. Es más —dijo Arancha—, porque dormimos en un pueblo llamado Volcán.
El hiking era en el cráter de al lado. Y la vista fue increíble. Un paisaje lunar: lava. Bajar la ladera de 200 metros y caminar 2 kilómetros por lava seca que ha tapado el cráter del Kilauea Iki. Es impresionante.
El parque incluye una carretera panorámica muy linda, Chains of Craters Road, que engancha cráteres de distintas erupciones: la de 1800 y algo, la de 1920, 1968, 1984,… y llega hasta el mar. Se ven lenguas de lava seca de las distintas erupciones. Mientras más negra, más reciente. Hay un túnel de lava. Hay bosques tropicales que rodean los cráteres. Y hay, en la noche, oscuridad, salvo la lava y las estrellas. Vimos la Vía Láctea. Y mientras mirábamos el fuego del volcán y el fuego de las estrellas, apareció una fugaz. Pedí un deseo a la estrella fugaz, y sonreí de estar en la orilla del volcán.~



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