Arancha me preguntó a donde quería ir para aprovechar el fin de semana largo del 4 de septiembre, Labor Day, Día del trabajo. Ese fin de semana marca el final de la temporada estival en Nueva Inglaterra y en prácticamente todo Estados Unidos.
Me dio dos opciones: bajar a la playa en Jersey, después de Nueva York; o subir a Massachusetts, a Cape Cod. El inicio de la temporada estival, que realmente no es verano, la marca otro fin de semana largo, el Memorial Day, día de los caidos (en guerras estadounidenses), que es a finales de mayo. Y, en ese periodo, los precios son de temporadas alta, las vacaciones de verano.
No lo pensé mucho. Quiero volver a Cape Cod y sobre todo a Provincetown, dije. Lo recuerdo el primero, precioso, el segundo, con mucho ambiente.
En New Haven, unos días antes de Labor Day hacían casi 30 grados de temperatura. 3 horas y media al norte, en la orbita de Boston, hay 10 grados menos de diferencia, 20 grados y un viento frío que viene del Atlantico. Las playas de Cape Cod, Parque Nacional, advierten que hay temporada de tiburones blancos que, al igual que a las focas a las que les gusta comer, les gusta el agua fría. La vez anterior, una me miro a escasos 5 metros de distancia. Los dos en el agua. Ahora no me metí al mar en los 3 días que estuvimos. Tampoco me quité la sudadera.
La costa de Nueva Inglaterra está llena de estuarios. Enormes zonas de tierra cubierta por unos cuantos centímetros de agua que generan un ecosistema único, precioso de ver. Llegar a Cape Cod es cruzar esos estuarios y la desembocadura de varios ríos grandes. A la altura de Providence, capital de Rhode Island, se hace un cuello de botella porque hay que cruzar uno de esos puente enormes, kilométricos. La otra opción es el puente de Newport, peor porque siendo igual de largo es más estrecho. No hay más, todos pensados para comunicar Boston con Nueva York.
A lo largo de todo el camino se siente la influencia de Boston. Mucha gente con mucho dinero, durmiendo, comiendo, navegando, y fardando sin mucho sentido pero con todo de marca.
Paramos en una pequeña ciudad, Fall River, y llegamos a un café que prometía expresos. Es una antigua iglesia ahora cafetería dedicada a Lizzie Borden. ¿Y quién es esa? Pues una chica acusada, juzgada y absuelta por falta de pruebas de matar a su padre y a su madrástra de 20 hachazos cada uno. Fuente de inspiración de películas, series, obras de teatro, canciones, y muchas más historias conspirativas pop.
Ahí fue donde caí en la cuenta de que Massachusetts tiene muchas historias, demasiadas. Está Boston y su cultura irlandesa, los Red Sox, Harvard y el MIT. Están los Patriotas, y son el corazón de Nueva Inglaterra. Está Salem y las brujas. Ahí comenzó la independencia de ese país. En Plymouth está el lugar de encuentro de los indigenas y los colonos (que ahora es un cruce de una calle sin más) que dio lugar a Thanksgiving. Está Cape Cod, Nantucket, Moby Dick y los balleneros. Prácticamente todas las casas tienen de adorno en algún lugar de la puerta de entrada a una ballena. Mucho me parece a mí.
Cape Cod es a Boston, lo que los Hamptons a Nueva York, un lugar de veraneo de la gente rica de la ciudad. Se llega desde Boston en un ferry de hora y media. Y se puede volver en el mismo día, si es que no tienes tu propio barco.
Cape Cod National Seashore tiene senderos específicos para ir en bici. Y una área marina protegida para dar algo de paz a las ballenas, pero muy cerca de la costa y de esos barcos llenos de fiestas, así que no sé. Ahora no son balleneros arrojando arpones, sino gente posh lanzando botellas de champan. La playas son amarillas, larguísimas, con pocas construcciones; permiten desconectar.
También tuvimos más tiempo para disfrutar Provincetown. Y ya de vuelta, nos tomamos una cerveza en New Bedford, ciudad donde comienza Moby Dick. No, no fuimos a Marta’s Vineyards. Y no, no nos salvamos del trafico cercano a Boston ni del de la Highway 95, esa que une Miami con Canada. Sí, la que lleva de vuelta a esa ciudad que comenzamos a llamar casa: New Haven.


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