En Puerto Rico esto es raro

Llegar a Culebra es como llegar a Labuhan Bajo, puerto de piratas. La misma sensación, todo el día viajando: cinco, seis, siete, ocho transportes distintos, mucho, muchísimo tiempo y, cuando llegas a la isla aún estás a la mitad del camino. Parece un puerto de piratas. Todo el mundo quiere algo. Todo el mundo te…


Llegar a Culebra es como llegar a Labuhan Bajo, puerto de piratas. La misma sensación, todo el día viajando: cinco, seis, siete, ocho transportes distintos, mucho, muchísimo tiempo y, cuando llegas a la isla aún estás a la mitad del camino. Parece un puerto de piratas. Todo el mundo quiere algo. Todo el mundo te ve raro. Miras a tu espalda y no, no hay nada. Sientes las miradas, vuelves a mirar hacia atrás y no, no hay nadie. Ya todos salieron del ferry pitando a sus lodges, hoteles boutiques o directamente a la playa en sus carritos de golf reservados 3 meses antes. Mmm, acá la onda son los carritos de golf, advirtió, Arancha.

Culebra es una isla de la isla, como lo es Ko Tao, la como son las Gillis. A diferencia de Labuhan Bajo, el ferry de Culebra es rápido, con cierta frecuencia, barato, pero súper demandado. El domingo nos levantamos a las 7:00, un café y estábamos listos para el taxi. Llegó a las 10:00 de la mañana. Había una carrera popular de bicicletas, y San Juan viejo solo tiene un puente para entrar y salir que, obviamente, se cierra al tránsito en las carreras populares. Todos los taxis venían de fuera del viejo San Juan y cuando el nuestro llegó Arancha llevaba 4 dobles espresso, unas tostadas francesas y yo dos horas viendo cómo pedaleaban lento. ¿No se supone que es una carrera? Va más rápido mi abuela, que fuma y no vuela.

Lo siento, dijo el taxista, el puente estaba cerrado.

A las 11:30 estábamos en el puerto de Ceiba, listos para el ferry. El próximo disponible es a las 2:00 p.m. dijo el de la ventanilla.

Intentamos colarnos en el ferry de las 12:30, primero con el método de Arancha: oye, mira… Hablando, razonando, nada. Luego a mi manera: a empujones, diciendo que debemos pasar sino perdemos todo el día, saltándonos la fila, la valla, tampoco. Para cuando llegamos al minúsculo puerto de Culebra, los piratas seguían ahí. Eran las 3:30 p.m. y el hotel solo a 1.8 kilómetros.

—Eso no es nada —dije dispuesto a emprender el camino.

Todos en el ferry habían salido con alguien que los esperaba nada más llegar.

—Eh, pero pregunta por el taxi —dijo Arancha.

Pregunté al primero que estaba por ahí.

—Son 5 USD, por persona.

—¿Por un trayecto de poco más de una milla?  Bueno, vale. Somos dos.

—Entonces son 20 USD.

—Acabas de decir 5 por persona.

—Pero mínimo 4 personas. Así sale a 5 por persona.

—Entonces el trayecto son 20, no 5.

Me negué, no lo tomamos. En cambio pillamos un carrito de golf por 200 USD. Por que sí. No hay otra explicación para tremenda puñalada turística. Y porque se supone que solo vamos a hacer hospedaje-playa durante dos días, 3 kilómetros.

Desde el alquiler de los coches de golf al hospedaje, cruzamos el pequeño aeropuerto, subimos una colina, le dimos una vuelta a la manzana todo a 6 kms por hora. Vimos en una esquina todos los coches que no utilizan y que se oxidan. Todos viejos y destartalados. Arancha dijo que el lugar no se veía muy bien. No se si se refería a la isla, al barrio o al hospedaje.

—Claro que no —respondí—. En todos los mares hay piratas. El Caribe no va ser la excepción.

Yo solo deseaba llegar a la playa y descubrir un tesoro de ron añejo escondido.

Ángel fue nuestro anfitrión por tres días. Nos recibió diciendo que pensaba que no llegábamos.

—Te he mandado mensajes por internet —dijo.

—No tengo internet —grité desesperado—. No va nada en esta isla. Me levanté a las 7:00 a.m. y ya me he peleado con unas 5 personas, no quieras ser el sexto.

Ángel sacó a relucir su sonrisa de pirata.

—Calma. Ya estás en el Paraíso. Esta isla es super segura. No pasa nada pero, si te preguntan —advirtió—, diles que estás con Ángel. Nadie te va a preguntar dónde te estás quedando, pero yo garantizo tu seguridad. En la isla no hay problema, pero cuidado, mucho cuidado, la playa es zona de turistas.

—Mmm. Esto pinta raro —dijo Arancha.

—Tus cosas tienen que estar siempre vigiladas, ahí yo no puedo hacer nada.

—Vaya por dios.

—Ah, y pon el candado. No es por el robo, no. Te he dicho que estás con Ángel, sino que la gente sale bien pedo de la playa, y la llave esta arranca cualquier carrito.

—¿Cómo?

—Sí. Esa llave es para cualquier carrito, pero el candado es para que el borracho en turno no se lleve tu carrrito. Es el mejor sistema anti-borrachos.

—Mmm. Esto pinta raro —dijo Arancha.

—Váyanse —termino Ángel de hablar—. Váyanse, disfruten del paraíso.

Se llama Playa Flamenco porque antes había una laguna y había flamencos. Ahora la laguna parece bastante tóxica y los pájaros han desaparecido.

—Pinches turistas de mierda —dije.

—¿No eran los piratas los que jodian todo?

—Pues eso.

Diez minutos antes de qué se pusiera el sol llegamos a Playa Flamenco. Preciosa arena blanca, palmeras, muy poca gente, agua verde turquesa y azul.

Desde entonces no nos movemos. Yo estoy buscando el ron. El carrito ya está cubierto por la arena y Arancha se gira para seguir quemándose diciendo: —Esto es raro.~


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